Melancolía de otoño

Melancolía de otoño, un paseo por la playa

(Un retrato de vejez, de un relato inconcluso)

Un viento seco soplaba a ráfagas arrastrando hojas y arena a lo largo del paseo que bordeaba la playa. A través de un velo blanco que cubría el cielo, el sol filtraba una extraña luz que resaltaba el contorno de los montes, sobre el mar iluminaba blancas cumbres de nubes, oscuras en su base, que se prolongaban hasta perderse en el horizonte como una enorme banda gris, amenazadora.

Bajó a la arena y se acercó al borde del agua. Las olas rompían lejos con estruendo y el viento barría la arena levantando pequeños torbellinos cerca del paseo. Miró hacia el mar con satisfacción, estaba sólo en la orilla. Lejanas, caminaban pequeñas figuras de paseantes que lentamente se perdían de vista en los confines de la arena.

El mar le fascinaba, miraba un momento las olas, en su cadencia inmutable, al ritmo del sordo rumor que se acercaba y bruscamente terminaba una y otra vez en un estruendo que inicialmente le inquietaba. Las crestas se perfilaban nítidas sobre el agua oscura y se iban elevando al acercarse a la orilla, de un extremo al otro de la playa, largas, desafiantes, esbeltas. Sobre un destello blanco el muro de agua comenzaba a caer y en un instante se convertía en una cegadora cinta blanca que recorría la playa entera desplegando al caer un arco de espuma más y más alto. La luz otoñal dejaba ver en las entrañas de aquella pared fugaz un resplandor verdoso y siniestro, a veces revelaba la claridad de la arena del fondo, prestando un tono tropical al agua durante un instante antes de derrumbarse entre rociones que, arrastrados por el viento, en algunas zonas invadían el paseo.

Aquella vida simple en el pueblo junto al mar de algún modo le entristecía. Quizás eran aquellas imágenes que en su mente volvían una y otra vez las que le afectaban. Su recuerdo recurrente de un cuento de Pío Baroja sobre personas que se confían sus penas caminando en una playa solitaria de otoño. Gentes conscientes de su propia insignificancia vuelven un año tras otro a confesar la helada lista de sus fracasos, de sus renuncias, ante un mar inmutable, eterno, enfurecido y oscuro. Saben que pronto no estarán, serán sustituídas por otras dolorosamente iguales que, como ellas, recitarán ante un bello escenario de indiferencia las heridas de su breve paso por la vida.

Por un momento recuperó el ánimo, se sintió bien. Le gustaba recorrer la orilla, su rostro al viento, entre la fina niebla de la rompiente, escuchando los gritos de las gaviotas con el ruido del mar al fondo. Pero pronto se cansó de andar por la arena reblandecida y sus zapatos comenzaron a mojarse. La incomodidad limitaba su impulso, el ánimo se encogía ante cualquier sensación desagradable y el lastre de los años le arrastraba al abandono de todo lo que no se presentara perfecto, sin una arista que rozara sus exigencias. Dejó la playa y volvió al paseo. Sacudió la arena húmeda de sus pies y se sentó en un banco mirando al mar.

Sus días se sucedían rápidamente en una monotonía que le desalentaba. La soledad le pesaba, el espectáculo del mundo, cruel, absurdo, a menudo ridículo, repetido ante sus ojos durante tantos años, había dejado de interesarle. Era ya desde hacía tiempo un simple paseante, despectivo y arisco, a la espera de un final deseado y no temido. Pero él no era un suicida. Hacía ya mucho tiempo que lo sabía, casi desde que ella murió.

La oscura banda de nubes de tormenta crecía y su enorme corona desgarrada brillaba al sol, desplegada a lo largo del horizonte como si un techo de marfil fuera a cubrir el mundo. Sintió ganas de llorar. Se avergonzó de ser incapaz de desear vivir, pero también sabía que nunca se mataría. No podía hacerles eso. Quizás era por simple miedo, quizás por el peso de la culpa que su educación de niño grabó en su alma. Puede que fuera por esa íntima convicción de que la vida es esencialmente misteriosa y una decisión así violentaba tanto esta creencia que nunca podría aceptar la idea de acabarla por su propia mano. Vería llegar la muerte con los ojos abiertos, anhelante casi, con todas sus preguntas dispuestas, con rabia contenida y con alivio, pero cuando ella quisiera.

5 comentarios en “Melancolía de otoño

  1. Me gusta tu relato. Mucho. Escucho las olas, sus embates duros, y huelo ese entorno -a ratos acariciante, a ratos fiero- que domina el paisaje y penetra en los poros y los pulmones rastreando los pensamientos más íntimos. Como las olas, también las reflexiones hacen su trayecto; avanzan y reculan, parecen morir y reviven, y van dejando su rastro en cada cual.

    Vivir/morir; los dos extremos de la línea.

    Salud.

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