Un viento de locura

De sobra sabemos que en 2020 un virus causó una revolución mundial y luego hemos comprobado que en dos años sus efectos han devaluado casi todas las estrategias de economistas y políticos, los intentos que éstos hacen y rehacen sobre proyectos de crecimiento y buenos propósitos. Esa epidemia parece en cierto modo contenida, transformada en enfermedad endémica aunque siempre amenazante. La epidemia americana del trumpismo es anterior, ha infectado a la mitad de los EEUU y a buena parte de Europa y está lejos de ceder.

Sus síntomas están cada vez más presentes en España : negación de evidencias científicamente demostrables, culpabilización del opositor responsabilizándole de todos los problemas existentes aunque ello sea claramente injusto y escandaloso, enaltecimiento de la mentira, nacionalismo enfermizo. En definitiva, quiebra ética, eficiencia mínima y enriquecimiento de los habituales listos y ricos, en España todo ello adornado de gritos, exageraciones e insultos. ‘Manca finezza’, dictaminó el refinado mafioso italiano que nos juzgó en la gran crisis-timo de 2008.

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Tenemos un gobierno con un programa socialdemócrata, más eficaz y menos corrupto que los anteriores, que con tan sólo tres meses de rodaje tuvo que enfrentarse a una pandemia de un alcance desconocido en 100 años, a la transición energética y finalmente a una guerra cercana que ha trastocado el orden mundial y ha provocado una crisis económica derivada de todas las desgracias anteriores y que afecta también al mundo entero. Todo un record histórico. Haciendo honor a sus ‘valores’ la oposición ha marcado sus prioridades desde el minuto uno de la pandemia: tumbar al gobierno como sea, sin conceder nunca ni un mínimo respiro, todo es bueno para ese fin, mentiras, calumnias y manipulaciones servidas por sus medios de comunicación amarillos, dentro y fuera de España. Dos años después en eso seguimos. Recordemos la famosa declaración del ministro de Hacienda del PP Montoro deseando que España se hundiera que ya la levantarían ellos… es algo obsesivo, impropio de un partido europeo civilizado.

En medio del desconcierto general, la eterna ambición que mueve el mundo y cíclicamente lo destruye en guerras se ha ido apoderando de nuestras mentes interconectadas por las redes, influenciables y desorientadas tras el agotamiento causado por la pandemia. En el proceso de reconstrucción nadie quiere perder ni tan siquiera un euro y menos que ninguno aquellos que lo tienen casi todo. Ellos creen, o dicen creer, que lo han conseguido por sus propios méritos aunque con preocupante frecuencia lo hayan heredado. Unos defienden ingresos de supervivencia, otros, con muchos menos escrúpulos, defienden ingresos miles de veces mayores y su ‘libertad’ de ser ricos en un país de pobres.

Las sociedades tranquilas cambian lentamente y sólo las revoluciones producen rápidos efectos que en nuestros tiempos son casi siempre negativos. Pero los cambios bruscos impuestos por condicionamienrtos externos son siempre aprovechados por los pescadores de ríos revueltos, que suelen ser ricos y sin escrúpulos. Siembran vientos en sus medios de información y convenientemente agitados crean tempestades en las que recogen beneficios. Mientras, los ingenuos desesperan de ver el dedo y no la luna que esos mismos medios dicen mostrar. Es la conspiración que me parece creíble, la de los ricos y poderosos defendiendo dinero y poder a través de medios y partidos que son de su propiedad.

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Entre esta ceremonia de la confusión que agita el antes tranquilo rincón europeo un viento de locura ha comenzado a soplar. Es una idea tóxica que arrastrada por el wifi penetra en las mentes acaloradas y activa en ellas la inquietud insoportable de perder algo por irrelevante que sea cuando el riesgo real es perder mucho más. Los espíritus se inflaman ante la posibilidad de que nuestra, comparativamente, casi perfecta y cómoda vida de la gran mayoría de ciudadanos se vea mínimamente alterada, como si mantener algunas cosas no esenciales fuera un derecho irrenunciable y no estuviera nunca en riesgo debido a acciones externas cuya existencia no somos capaces de impedir.

Racionalmente cualquiera concluiría que en el altar de la paz social algunos sacrificios deben ser ofrecidos porque la firmeza para defender los niveles alcanzados debe tener un límite inteligente dentro de un reparto proporcional de cargas. Aunque ese límite nunca debe permitir que las llaves del tesoro sean entregadas a los mismos que gestionaron la crisis-timo de 2008 en la que quienes tomaron malas decisiones en vez de asumir perjuicios por los riesgos aceptados vieron cubiertas sus deudas con las aportaciones de dinero público, en mayor proporción de la clase media, habitual pagana de las crisis modernas.

Como en tiempos de guerra rara vez la lógica prima sobre las pasiones es más probable que los vientos de locura arrecien, que quienes tienen todo y quieren más no sólo traten de evitar un retroceso sino que traten de aprovechar la confusión para aumentar su riqueza y también que quienes se consideran con o sin razón maltratados por los hechos y por los gobiernos decidan bloqueos, huelgas y boicots que rara vez se sabe como terminan.

En resumen, la vida política española parece recuperar su pura esencia, la confrontación por el placer de oponerse, la satisfacción por mostrar odio, la incapacidad para asimilar la idea de que negociar supone ceder y ganar simultáneamente, la falta de preparación para analizar, detectar y respetar el interés general.

Quizás los populismos ultranacionalistas no han llegado a su límite en España y volveremos a ver todavía más brazos con la pulserita ‘nacional’ izando banderas al viento sobre montañas nevadas, cantando las coplas jaleadas por los habituales vendedores de humo. Quizás la calima, los cielos ocres de este tiempo no anuncien simplemente un fenómeno meteorológico sino un nuevo advenimiento de la serpiente que siempre vive en nuestras sociedades semioculta y periódicamente las infesta.

8 comentarios en “Un viento de locura

  1. La pandemia ha demostrado que somos una ciudadanía, en general, mansa ante aquellas situaciones que nos sobrepasan y, quizás, aún tardemos en despertar de ese shock que nos ha mantenido casi como durmientes sociales. Sería cuestión de abandonar ya esa modorra para evitar que quienes pretenden repartirse el pastel del Poder, sean de la ideología que sea, se aprovechen de la aparente calma. Ya son síntomas graves que la patronal tome la calle, que un gobierno de izquierdas defienda las tesis invasoras de un sátrapa con chilaba y que tenga que venir un presidente de un país machacado por la guerra a recordarnos que aquí también la hubo mientras Europa cerraba los oídos, como ahora, a las peticiones de auxilio.

    Como siempre, buenos argumentos los tuyos para un ejercicio de reflexión.

    Salud.

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  2. Totalmente de acuerdo contigo en la magn´ífica reflexión que has hecho. ¿Qué más tiene que pasar ya para que haya acuerdos en temas de Estado? Pase lo que pase, la miserable oposición que tenemos practica el «cuanto peor, mejor» convirtiéndose en una extensión de la ultraderecha. Gracias por compartir. Saludos!!!!

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    1. Desanima comprobar. año tras año, la incapacidad de nuestros partidos para ponerse de acuerdo en temas de estado. Pero como en el caso de algunos de ellos eso es parte de una estrategia electoral no parece que vaya a haber mejoras a corto plazo. Es algo muy negativo que empobrece la política. Debería ser suficiente para todos el hecho elemental de funcionar dentro de la Constitución pero para algunos, incomprensiblemente, eso no basta.
      Gracias por comentar. Un saludo.

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  3. Excelente reflexión con la cual estoy «casi» totalmente de acuerdo. Lo único con lo que discrepo es que el trumpismo nos haya legado la «negación de evidencias científicamente demostrables, culpabilización del opositor responsabilizándole de todos los problemas existentes aunque ello sea claramente injusto y escandaloso, enaltecimiento de la mentira, nacionalismo enfermizo. En definitiva, quiebra ética, eficiencia mínima y enriquecimiento de los habituales listos y ricos,» Y no estoy de acuerdo, no porque no encuentre en tus palabras la definición exacta del trumpismo. Sino porque creo que esos síntomas se podían apreciar claramente en el reino, antes de que Trump se planteara asaltar el Capitolio. ¿Repasamos un poco la historia de España en los últimos 83 años (y estamos en fechas justas).
    Por lo demás, también estoy totalmente de acuerdo en tu análisis de los últimos temas sobre el gobierno y la mezquina oposición que tenemos actualmente. Y sobre el irracional «viento de locura» que no me permite entender quejas y conversaciones y que me hace presagiar consecuencias funestas que enfurecerían a mis padres y abuelos, aquellos que si entendían el sacrificio por el bienestar común, aquellos que perdieron todo por sus ideales (bueno, no todo. Su orgullo y su conciencia se mantuvieron intactos).
    Deseo y espero que nos equivoquemos en nuestro presagio. Mientras tanto, busquemos la información fuera de los medios habituales. Leer entradas como la tuya, reconfortan. Saludos.

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    1. Creo que tienes razón al apuntar que todas las miserias del trumpismo ya estaban presentes en España antes de Trump, en definitiva los nortemericanos no las han inventado y son una simple muestra de ignorancia, amoralidad y fanatismo que se dan en todas las sociedades y muy especialmente en la norteamericana. Creo que al describirlo así asumo la demostrada influencia de Aznar y con eso quiero decir que fue él con su FAES y sus contactos norteamericanos de los Bush y del Tea Party quienes iniciaron una ‘actualización’ de los conservadores en España alineando ideológicamente el partido con la estrategia de su modelo republicano de los EEUU. La miserable oposición que sufrimos no es más que consecuencia de ésta.

      Y la mínima capacidad de sacrificio justificado y por tanto asumible de gran parte de la sociedad actual comparada con generaciones anteriores me parece inevitable porque nuestras referencias y las suyas son muy distintas. Además en España se hagan las cosas bien o mal siempre falla el relato y en caso de problemas los políticos se reducen a justificarse en las dificultades y tratar de pasar página rápidamente sin extraer consecuencias didácticas para los ciudadanos. Somos una sociedad que llegó a la democracia sin formación de espíritu cívico que luego ha perdido el tiempo en las habituales peleas ideológicas y es incapaz de conseguir acuerdos en temas de estado.
      Un saludo y gracias por comentar.

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